En el vacío se pierden las palabras.
En el silencio emerge la vida.
En la oscuridad se yergue la inexistencia.
Me inclino ante el altar de la muerte
mientras me invade un haz de calofríos
que recorren todo mi cuerpo.
El agua fluye permanentemente en el río,
donde yace la ilusión.
Los sueños, hartos de alegría,
se desvanecen poco a poco
en los espacios solitarios de mi ser.
Se revientan las entrañas deshechas
entre la densa neblina de la infamia.
Ahíto del dolor inherente de la existencia,
abro las puertas del infierno
para esconderme junto a la sombra de la paz.
Desvisto la aurora del día,
la guardo en el baúl del olvido.
En el vacío se pierden las palabras.
En el silencio, en el perenne silencio,
en el gélido silencio de la noche,
me acuesto con la muerte.
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